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viernes, julio 03, 2009

El silencio en psicoanálisis

artista, arte contemporaneo, expo
El silencio es un tema permanentemente presente en todo análisis. Está presente tanto a través del silencio al sostener la abstinencia, como a través del silencio como forma de intervención. Es, además, un tema que ha conducido a varios debates y reflexiones de los cuales destacaré una función que me parece relevante: poder silenciar los pre-juicios del analista, entendiendo por tal tanto a los prejuicios como a los juicios-previos. Allí el silencio es hacia los ideales del yo y al superyo del analista, para poder respetar el desarrollo asociativo y por lo tanto el desarrollo enunciativo del propio analizante. En efecto, si el psicoanalista por ejemplo emite una posición personal sobre la vida cotidiana de su paciente, sería percibido por él, no como alguien con quien pueda expresar libremente sus pensamientos sino como un juez o un censor. Asimismo, el psicoanalista se abstiene de inocular sus ideales en el paciente, recordemos la propuesta de Freud: “No se debe educar al enfermo para que se asemeje a nosotros sino para que se libere y consuma su propio ser…Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de auxilio, un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y con la arrogancia del creador a complacernos en nuestra obra luego de haberlo formado a nuestra imagen y semejanza.”
Cabe destacar que las intervenciones puede ser significativamente diferentes cuando se está comprometido en una psicoterapia de apoyo donde se ha decidido dar algún tipo de asesoramiento. Esto ya marcaría una diferencia entre un psicoanálisis y una psicoterapia (donde el peso de la realidad externa desempeña un papel más importante). Por el contrario, el psicoanalista evita en lo posible intervenir en el plano de la realidad exterior a favor del esclarecimiento de los conflictos psíquicos y de su resolución, promoviendo de este modo el desarrollo de una mayor autonomía en el paciente. La "escena" psicoanalítica se propone justamente como un espacio tendiente a iluminar los conflictos internos, colocando al sujeto ante las puertas del acto -entendido como acto de poder decidir sobre sus propios problemas- de modo de sentirse más libre para tomar decisiones en la vida real.






jueves, julio 02, 2009

Neurosis Obsesiva. Un pensamiento marcado por la rumiación, la duda y los escrúpulos

artista, arte contemporaneo, expo

Tal como lo indica etimológicamente su expresión (Neurosis Obsesiva proviene del alemán Zwangneurose. Zwang tiene por sentido constreñir, forzar, obligar, necesitar), el obsesivo se siente constreñido, obligado a pensar. Se trata de un tipo de forzamiento que se ejerce en el ámbito mental, y que es muy notorio y significativo.

Se ve forzado a albergar una idea o una serie de ellas, y aún cuando desde la lógica se le puede demostrar el sin sentido de la misma, ésta no puede ser desbaratada por la confrontación lógica, no puede sustraerse a ella, no obstante puede darse cuenta que el objetivo en sí es un sinsentido.

La idea de Zwang puede emparentarse también con la “compulsión”. Este término proviene del latín jurídico “compelere” y se refiere a “forzar a declarar”. La idea de compulsión retoma en el latín el sentido de forzamiento. Los obsesivos se sienten forzados a pensar y se sitian a sí mismos. La consecuencia de esto, fenomenológicamente, da como resultado personas abúlicas, desorientadas, fatigadas, sumidas alusivamente en una idea o grupo de ellas.

Malgastan su energía en rumiaciones y razonamientos sin fin. Los caracteriza la ausencia de acciones y pensamientos eficaces, y generalmente les cuesta generar cambios en su medio.

Son personas con una marcada tendencia a los escrúpulos, habitados por ideas de moralidad, reparación y/o purificación que se instalan en la conciencia del sujeto y los inquietan.

Con frecuencia aparecen crisis morales de conciencia, timidez e inhibición, trastornos de sexualidad, trastornos motores, tales como tartamudeo y tics, orden de meticulosidad. Son estrictos y, con frecuencia, avaros.

Suele presentarse además un alto grado de sadismo, que se manifiesta tanto en su faz activa, como puede ser la obstinación y cierta voluntad de poder, como en su faz pasiva, una extrema obediencia, sumisión y conformismo.

La vida sexual también está teñida por este sadismo, cuya fantasmática oscila entre las tendencias a cruel posesión y las amenazas de crueldad, acompañadas a veces por pensamientos compulsivos, ritos, ceremoniales y pensamientos mágicos.

Otra característica es que han reducido su vida a una mecanización, neutralizan su angustia al precio de ceremoniales y formalidades. La idea obsesiva que es el síntoma relevante de este tipo de enfermedad consiste en la intrusión dentro del pensamiento, de ideas no deseadas por el sujeto y esto puede provocar una oscilación intelectual, la famosa duda, y las manías de presagio. Por ejemplo personas que están muy atentas al uso de determinadas vestimenta como signo de buena o mala suerte. Manías de verificación, como cerrar puertas obsesivamente, una y otra vez para comprobar, si la casa quedó cerrada, o las llaves de luz o de gas. Si bien de estas cosas todos tenemos un poco. (podemos decir que en la neurosis obsesiva adquieren.

Los sume un sufrimiento y un padecimiento bastante difícil de tolerar. Algunas personas repiten palabras, o cifras o imágenes compulsivamente como forma de reaseguro. Forzados por su propio pensamiento, esto los lleva a una sensación de astenia, fatiga y desgano, lo que nos plantea la diferencia con cuadros melancólicos. A veces pasan de esta “amansadora” a una acción compulsiva, como contrapartida de su obsequiosa sumisión, o como un intento de liberación de esa sumisión en la que viven y padecen, como así también la imposibilidad de la acción eficaz a la que en general contraponen procedimientos mágicos o ritos.

En general, siempre son las situaciones de angustia las que convocan este tipo de rituales, como por ejemplo, dar un examen, una cita amorosa, que suscita tensión, una entrevista de trabajo, y en general apelan a ciertos rituales para garantizar de algún modo un buen resultado, en la fantasía.

El neurótico obsesivo no sabe por qué se ve impulsado, compulsado o forzado a dudar de determinado tema o a sentirse con esta especie de intrusión en el pensamiento de la idea obsesiva. Freud va a esclarecer este tipo de problema, ya que estos productos son según sus conceptos, efectos deformados de un conflicto.



martes, junio 30, 2009

Analizabilidad ¿Cual es el perfil del paciente susceptible de beneficiarse con el tratamiento psicoanalitico?


artista, arte contemporaneo, expo

El tema de la analizabilidad fue objeto de numerosos debates en el seno de la comunidad analítica. ¿Qué es la analizabilidad? Ante todo, debemos concebir la idea de que el psicoanálisis no es un método aplicable a todos; dicho de otro modo, no todo el mundo es analizable. ¿Cuáles son entonces las condicines de la analizabilidad? ¿Cuál es el perfil del paciente susceptible de beneficiarse al máximo con el tratamiento psicoanalítico? Para ser analizables diremos que son necesarias algunas condiciones.


Primero, el hombre, la mujer o el niño que consulta debe ser un sujeto que sufre en los términos de lo soportable y se queja.


Segundo, es alguien que se pregunta por qué sufre. Esto parece elemental pero es decisivo. Ser analizable significa preguntarse: ¿por qué sufro?, ¿por qué estoy mal? Esto que puede parecer tan simple o trivial no lo es tanto si consideramos que a veces algunos sujetos son traidos por un tercero –pareja, amigo, etc. - a una consulta, siendo la demanda en estos casos de la persona que lo trae. De allí que la falta de angustia, o la actitud desenvuelta, descomprometida o desimplicada lo hace difícilmente analizable.


La tercera condición es justamente esa aptitud para responder al porqué del malestar. Sufrir, preguntarse sobre la causa de su sufrimiento, he aquí las condiciones indispensables para emprender un análisis. Pero otras condiciones son también necesarias. Hace falta además que el que consulta espere del análisis una salida a sus dificultades. Esta espera es fundamental, puesto que es sinónimo de esperanza, y como sabemos ésta es una de las fuerzas que animarán la cura hasta el apaciguamiento del dolor.


El psicoanálisis en la era de la globalización

En la actualidad, la práctica psicoanálitica se enfrenta con numerosos interrogantes ligados a la profunda y creciente transformación de nuestro mundo.

Es cierto que nuestra clínica, en tanto reconoce la vasta enseñanza que Freud y Lacan nos han legado, no pierde su brújula, que es el sujeto en su singularidad. Aún así, no es menos cierto que el afincamiento de goce en los sujetos no es ajeno a las circunstancias culturales de su época.

En los párrafos que siguen intentaré examinar algunas consecuencias que esta particular coyuntura histórica –llámese capitalismo tardío o globalización- ejercen sobre la subjetividad, y delinear cuáles son los obstáculos sobre los que debe operar el analista en la clínica de nuestros días y con qué herramientas cuenta para transformarlos en oportunidades dentro de la dirección de la cura.

Sabemos que el nódulo del sufrimiento se vincula con las vicisitudes en el tránsito por la maquinaria edípica que ha de transformar al infans en sujeto de la cultura, siendo el modo en que cada sujeto se posicione frente a la castración lo que decantará en alguna de las estructuras clínicas fundadas por Freud y ordenadas por Lacan: neurosis, psicosis o perversión, con tres mecanismos o modos de defenderse que le son peculiares: represión, forclusión o renegación, respectivamente.

Tales estructuras son ahistóricas, la subjetividad de la época afecta a la escena cultural y se ve reflejada en nuevos modos de presentación del padecimiento subjetivo; en otras palabras, lo que no permanece ajeno a la permeabilidad del discurso social es el síntoma. Un ejemplo elocuente lo podemos encontrar en las distintas connotaciones que ha tenido el rechazo al alimento en las mujeres con sintomatología anoréxica y los diversos comportamientos que ha despertado a lo largo de la historia. En la Edad Media, el ayuno tenía por objeto mantener la pureza del espíritu a través de un cuerpo asexuado, sin formas; de allí que lejos de ser condenadas a la hoguera se las santificó bajo el beneplácito de la época. La anorexia per se no constituye una estructura clínica, ni es un trastorno exclusivo de la mujer. El rechazo al alimento puede incluirse dentro de cualquier estructura clínica, sea como negativa a comer –en la melancolía-, como temor a ser envenenada –en la paranoia– o como derrumbe subjetivo anticipando la muerte subjetiva– en estados catatónicos-.

En la actualidad, podríamos pensar con toda legitimidad que configura una respuesta sintomática al empuje de una sociedad de consumo asentada sobre la premisa: no se prive, no deje para mañana, la plenitud es posible”. Se trata de un Otro que frente a la demanda, que abre a lo que no puede darse, ni saciarse, ni colmarse, respondería con un objeto-gadget, con algo que tiene para dar, esto es algo que el sujeto anoréxico no admite. De allí que en su rechazo quiera nada para preservar su deseo, llama al deseo del Otro ofertándole a su mirada su cadaverización. No es que no coma, “come nada”, como dice Lacan, en tanto la nada es el objeto que interpone frente a la demanda del Otro. Es su modo de responder frente a un discurso que no es el del amo tradicional que reprime la castración sino aquel que Lacan llama discurso capitalista, profundamente renegatorio y como tal cínico, por supuesto que profusamente distinto al cinismo de Antístenes o Diógenes quienes en una actitud subversiva ante un Amo intentaban conmover los valores de la época. Como bien señala Zizek:

“(...) el modo de funcionamiento dominante de la ideología es cínico... El sujeto cínico está al tanto de la distancia entre la máscara ideológica y la realidad social, pero pese a ello insiste en la máscara. La fórmula sería entonces: ellos saben muy bien lo que hacen, pero aún así, lo hacen”. “La razón cínica ya no es ingenua, sino que es una paradoja de una falsa conciencia ilustrada: uno sabe de sobra la falsedad, está muy al tanto de que hay un interés particular oculto tras una universalidad ideológica, pero aún así, no renuncia a ella.

Se trata de una política del “todo vale”, una incitación al "goce Uno-Todo es posible" que provoca un debilitamiento del universo simbólico y de los ideales sobre los cuales constituir síntomas; consecuencia de ello es la cantidad de conductas del orden de la impulsividad de distintos tipos y gradientes que van desde la manera de conducir, que lleva a la muerte, a la forma de ingerir alimentos, bebidas, tóxicos.

La exigencia de prontitud y eficacia en la remisión sintomática impuesta por el sistema constituye otro de los factores con consecuencias nefastas. Asentada en una política de goce estratégicamente calculada y apoyada desde los massmedia, que incitan a un inescrupuloso consumo de fármacos, suturan toda posibilidad de apertura a la reflexión y a los interrogantes que un sujeto pueda formularse acerca de su padecer. La contracara de estas grandes voces superyoicas que instigan al goce supone un precio muy alto a pagar: la insatisfacción generalizada y las conductas suicidógenas. Violencia, desocupación. Un mundo mediático que entroniza la hegemonía de imágenes evanescentes, fugaces, y carente de reflexiones consistentes sobre la existencia da cuenta de la desvalorización de la palabra. Se liquidó la brecha necesaria entre el mundo de la intimidad y el mundo del público, y la vida privada se exhibe descarnadamente sin un mínimo velo que pueda otorgarle un despliegue amoroso, erótico o sexual.

Otros significantes que insisten: “nuevas patologías”, “clínica de los bordes” o “clínica de lo real” logran fomentar una práctica basada en especializaciones donde empresas de medicina pre-paga, obras sociales, y otras instituciones, consiguen acallar la angustia, alimentar el síntoma y engordar el fantasma del sujeto que consulta. Al ofertarse a la demanda del imaginario social, algunos profesionales hipotecan sus principios y convicciones a favor de dar respuestas funcionales a dicha demanda, obedeciendo tal vez a una modalidad de relación con un mercado que les exige determinadas funciones al servicio de la patología y no en oposición a ella.

Además, ¿cómo sostener una práctica cuando la demanda está dirigida a un servicio y la transferencia queda del lado del derivador? Con honorarios prefijados por un pacto extrínseco al análisis mismo ¿qué valor puede conferirle a su práctica un analista cuando el pago oscila entre la gratuidad y el abuso?

Por otra parte, la aceptación de tales denominaciones en el acervo discursivo psicoanalítico ¿no implica el riesgo de devenir tributarios de ideales sanitaristas y de normalidad como lo plantean los parámetros de la OMS? Dado que el síntoma pasaría a constituirse entonces en un disorder[5] necesario de erradicar en el menor tiempo posible debido a su carácter iatrogénico. Recordemos las reflexiones freudianas que apuntan contra el furor curandis. En Los caminos de la terapia analítica, Freud dice:

Los síntomas prestan el servicio de satisfacciones sustitutivas. En el curso del análisis se puede observar que toda mejoría del padecer aminora el tiempo del restablecimiento y reduce la fuerza pulsional que empuja hacia la curación. Ahora bien, no podemos renunciar a esta fuerza pulsional que se expresa en los síntomas; su reducción sería peligrosa para nuestro propósito terapéutico. Por cruel que suene debemos cuidar que el padecer del enfermo no termine prematuramente, de lo contrario corremos el riesgo de no conseguir nunca otra cosa que una mejoría modesta y no duradera.”

La época victoriana

En RSI Lacan dice que sin la Reina Victoria el psicoanálisis no hubiera existido, ella fue la causa del deseo de Freud. Puede que se trate de una broma, pero no sin cierto trasfondo de verdad. El nacimiento del psicoanálisis estaba estrechamente ligado a una sociedad exacerbadamente moralista y disciplinaria, con rígidos prejuicios y severas interdicciones. Incluso algunos conceptos que Freud acuña - represión y función de la censura –entre otros, conllevan las marcas de aquella época. Los varones eran los ordenadores y dominadores del espacio público; las mujeres estaban destinadas al espacio privado, al cuidado del hogar y bajo un status de sometimiento. Ana Karenina, escrita por Tolstoi en 1867, constituye un buen referente de aquel entonces. Después de gozar de un amor prohibido, Karenina termina arrojándose a los rieles del ferrocarril; aquella sociedad no iba a permitir un resquebrajamiento del orden de esa magnitud. La persecución y condena a dos años de prisión que soportó Oscar Wilde por cometer “sodomía” con lord Alfred Douglas, también ilustra tal acartonamiento interdictor y ultraprejuicioso. En este estado de cosas, la histeria denuncia una realidad cultural signada por la represión y la tradición positivista, revelando la carencia de los recursos en juego hasta el momento. Con su cuerpo desarreglado por lalengua, la histeria golpeó la puerta de una neurología en ciernes subvirtiendo el saber establecido.

¿En la antesala del Apocalipsis?

Una nostálgica sombra parece haber caído sobre quienes actualmente reivindican la época victoriana como un dechado de virtud y de altos ideales universales. Sé que no se trata de anatematizar ni de ser conciliadores; no es un tema menor, y nos interpela y nos convoca a repensar cuestiones clásicas y a formular nuevas preguntas e intentos de respuesta en tiempos donde la dimisión estructural de la figura del Padre ha generado un colapso de ideales simbólicos. Aún así considero que no estamos ante la antesala del Apocalipsis. Freud atravesó por duros episodios: antisemitismo, operaciones, pérdida de familiares, quema de libros, carencias económicas, exilio... y en ese horizonte aciago nació y prosperó el psicoanálisis. Vale aquí recordar aquella “función” que Lacan define en Seminario 11 como "deseo del analista" como el de obtener la máxima diferencia entre el ideal y el objeto, hasta la ubicación del "analista como synthõme ".

Me interesa además citar una respuesta que Colette Soler da en relación a los tiempos actuales: “Hay demandas formuladas en otros términos y es tarea de cada psicoanalista, ante una demanda, cualquiera sea su formulación, convertirla en una demanda analítica. En el tiempo de Freud no había ninguna demanda de análisis, ninguna, y él fue quien generó la demanda. No hay que olvidar que la demanda del paciente que viene nunca es una demanda de psicoanálisis; nunca, incluso cuando dice: «Quiero hacer un psicoanálisis», porque no sabe lo que es el psicoanálisis, tiene sus ideas o su idealización, pero nunca es una demanda de análisis. Necesariamente debemos producir una conversión. Lacan llama rectificación subjetiva a esa entrada. Incluso me parece que la obra de Lacan, más que la de Freud, es realmente adecuada a la demanda del siglo actual.”[8] Y agrega: “Lacan introdujo algo que, sin estar ausente en Freud, no había sido el centro de su formulación: la consideración del lazo del sujeto con sus arreglos de goce. Y esto es afín con el discurso moderno.”

Las categorías freudianas y la clínica de nuestros días

El sueño, tal como nos lo enseñara Freud, es la vía regia de acceso al inconsciente, o en términos de Lacan la vía regia para hacer frente a lo real. No obstante, si algo marca una crucial distinción entre el análisis de los inicios y el actual es que el analista no sólo toma en cuenta lo que el inconsciente dice a través de sus formaciones (actos fallidos, sueños, equívocos), sino que es una práctica del acto que enlaza Real, Imaginario y Simbólico, y un cuarto nudo como condición necesaria para pasar del síntoma al synthõme, en una práctica que va más allá de mejorías modestas y no duraderas.





jueves, junio 11, 2009

La elección de la neurosis

artista, arte contemporaneo, expo
La neurosis es una elección inconsciente, dice Freud en, “Contribuciones al problema sobre la elección de la neurosis”. Esto está muy claro en el caso del “Hombre de las ratas”. Posee un conflicto que no puede resolver: elegir entre dos mujeres, la que le conviene y la que ama, no elige ninguna, elige la enfermedad. Así se posterga en el tiempo la realización de deseo, porque cuando algo se elige algo se pierde. La idea freudiana es que el analista debe, absteniéndose de sus propios ideales, llevarlo a elegir. Que elija a la rica o la pobre, el analista no lo juzgará por eso, pero que se “juegue” en acto.

En “Sobre una degradación de la vida erótica” (1907) Freud dice que el obsesivo tiende a desfusionar, a disociar la corriente tierna y la erótica. Es uno de los síntomas clásicos, el de no poder sostener el deseo en la mujer amada. Durante un tiempo lo sostiene: la ama pero ya no la desea. Recordemos que la neurosis obsesiva es desde la enseñanza freudiana el “reino de la disociación”.

A veces se complica más la elección: ama a dos y desea a dos. Son formas que toma la disociación. Parecería que la disociación es una tendencia general del aparato psíquico en la neurosis obsesiva, y recae sobre el sujeto, el objeto y las pulsiones.

Otra característica vinculada con la fase anal, es que el obsesivo tiende a destruir a los objetos que ama, es típico de la neurosis obsesiva. Tiene que ver con la fijación a lo anal. Tiende a destruir las cosas, los hijos, los trabajos, sus vínculos o destruir el dinero. No es que no ame a los objetos, le cuesta adueñarse de los frutos de su esfuerzo, debemos tener en cuenta que estas destrucciones no son conscientes o deliberadas, sino inconscientes, no saben que se están destruyendo. Típico del obsesivo: destruir, humillar, degradar al objeto que ama, porque está ligado a las características de la fase anal. Otra vertiente es el sentimiento de culpa. Otro síntoma característico es la duda. Es para no comprometerse, para no elegir (para no “jugarse”).

La neurosis obsesiva es una neurosis que descubrió Freud. Para la Psiquiatría existía como trastorno obsesivo compulsivo, sujetos que se pasaban 4 ó 5 horas lavándose las manos, Freud le da estatuto de entidad neurótica, enfermedad mental y la llama neurosis obsesivo compulsiva. Porque el caso más puro, más paradigmático está compuesto por ideas obsesivas, actos compulsivos y pensamiento o dialecto obsesivo.

¿Qué es el pensamiento obsesivo para Freud? La rumiación mental, pueden estar muchas horas masticando pensamientos. No puede dejar de pensar, el pensamiento lo tiene atrapado. Todos los síntomas tienden a dividirse en dos tiempos (anulación). Una decisión es anulada por la decisión contraria.



sábado, mayo 30, 2009

Psicoanálisis <> Psicoterapias. Alcances, eficacia y limitaciones

artista, arte contemporaneo, expo
1.
La psicoterapia y el psicoanálisis son prácticas a menudo complementarias. La primera es una escucha que alivia al paciente y reduce transitoriamente sus síntomas. La segunda puede no sólo hacer desaparecer los síntomas, sino también modificar la personalidad del analizante. Ambos tipos de terapias – psicoanálisis y psicoterapia - se complementan, en tanto en el progreso de una cura psicoanalítica, el psicoanalista suele aplicar la primera antes de introducir la segunda.

Existen tres niveles principales en los que descansan estas diferencias, básicamente son tres aspectos que tienen que ver principalmente con el terapeuta o analista, el paciente y la estructura clínica.

Con respecto al práctica del profesional uno de los parámetros relevantes a tener en cuenta para su diferenciación es la escucha. La escucha del terapeuta es una escucha de acontecimientos, mientras que la del analista es una escucha de conflictos inconscientes subyacentes a los acontecimientos. La primera consiste en dar sentido a los hechos relevantes y reiterativos de la vida del paciente. La segunda va más allá, dado que se intenta descubrir los fantasmas a través de los cuales el paciente reinterpreta su historia y modela su realidad presente. La mayoría de las veces, esos fantasmas se traducen en escenas imaginarias que se trata de revelar al paciente. Esto cobra una particular relevancia si se considera que – y por muy paradójico que parezca - no es la realidad lo que causa el sufrimiento, sino la interpretación que el sujeto hace de ella, la idea, el fantasma que se forja a partir de conflictos crónicos que actúan en él sin que lo sepa.

En lo que respecta al paciente, hay personas que no desean participar en un tratamiento de larga duración, debido a que su principal preocupación consiste en buscar ayuda externa para superar un período difícil de su vida, esto es lo que se suele llamarse “manejo de crisis vitales”. Se entiende por crisis vitales a los eventos que transcurren de forma más o menos normales en el desarrollo de todo ser humano, por ejemplo el casamiento, la adquisición de nuevas responsabilidades, la muerte de un ser querido, etcétera. Son momentos en los que las creencias de todo sujeto están puestas a revisión y es posible que los recursos con que cuenta para afrontar dichas crisis le resulten insuficientes, al punto que genere una situación de cierto riesgo psíquico, en otras palabras, que incremente su vulnerabilidad. Desde un marco psicoterapéutico, el manejo de crisis vitales supone tratamientos muy breves, debido en gran parte, a la naturaleza misma de las crisis, que son períodos cortos y de cambios profundos. Por supuesto, que en caso de emprender una psicoterapia con un analista, algunos de estos pacientes, a lo largo de estas sesiones, deciden seguir un psicoanálisis, y de esta manera tratar no sólo los problemas vinculados con ese período espinoso de su vida, sino también trabajar sobre aquellos aspectos que han determinado su dolor, malestar o sufrimiento, y lograr mejorías duraderas que impliquen verdaderos reposicionamientos subjetivos.

Aún así, el tan frecuente reproche que le se suele formular al psicoanálisis - “Es un tratamiento largo”-, es algo que podría relativizarse si se considera una de sus pilares o condiciones intrínsecas, la que se refiere a la necesidad de no descuidar el caso por caso; cuestión que constituye para un psicoanalista su verdadera brújula: atender a cada sujeto en su singularidad. En mi caso particular, he conducido algunos tratamientos de adultos relativamente cortos, como asimismo tratamientos de niños en los que solía reducir al máximo la cantidad de sesiones y evitar así que el pequeño paciente se instale en una dependencia psicoanalítica que vendría a sustituir la dependencia familiar.

En cuanto al tercer factor: el tipo de estructura o patología, es cierto que en determinados tipos de enfermedades, es más adecuado proponer, al menos inicialmente, una psicoterapia. Indiscutiblemente, el psicoanálisis es un medio formidable de apaciguar el sufrimiento, pero como toda terapéutica tiene sus límites que son inherentes a sus modos de acción. Coincido con Nasio cuando al referirse a dos de las grandes estructuras clínicas, alude a los que sufren porque un mecanismo interno se rompió – como en el caso de los psicóticos-; (con Lacan esa ruptura recibe el nombre de forclusión); y aquellos que sufren, si bien nada esencial fue alterado – como es el caso de los neuróticos-, el mecanismo interno aquí es la represión.

El psicoanálisis es sin duda el tratamiento más eficaz cuando el funcionamiento psíquico quedó intacto, pero cuando el alma ha sido quebrada, la cura analítica suele revelarse insuficiente, de modo que muchas veces se hace necesario complementarla con un tratamiento de medicamentos. Es así como la acción combinada del psicoanálisis y de la medicación se impone como la mejor estrategia terapéutica para estos pacientes.