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jueves, julio 02, 2009

Judy Chicago. Iconografías de la diferencia

artista, arte contemporaneo, expo
¿Puede hablarse de un "arte de mujeres"? ¿Existe una "naturaleza femenina" común a todas las mujeres? Estas son algunas de las preguntas que animaron a algunas artistas feministas en la década de los 70. Así, Judy Chicago por ejemplo se abocó a la realización de obras con claras resonancias orgánicas; como "Peeling Back" («Arrancando»), en la que, en torno a una figura redonda, central, se superponen el simbolismo de la flor, la vulva, el corazón y el sol. Una imaginería con una evidente exaltación del útero como medio de plantear de forma radical el problema de la diferencia sexual.

La existencia de una sensibilidad artística específicamente femenina se convertirá en una de las preocupaciones centrales tanto de Chicago como de Miriam Schapiro; quienes en los setenta publican, en autoría conjunta, un artículo titulado "Female Imagery", en el que reivindican la existencia de una imaginería femenina a la que denominan «iconología vaginal». Ambas autoras proponen que al analizar la obra de las mujeres artistas es frecuente que en muchas de ellas aparezca un orificio central, cuya organización funciona como una metáfora del cuerpo femenino. Es el caso de Georgia O'Keefe con sus "misteriosos pasadizos a través de los pétalos negros de un iris"; Lee Bontecou con sus imágenes de cavidades vaginales; Deborah Remintong y sus formas ovoides; Schapiro y sus "agujeros centralizados", Chicago y "sus imágenes circulares".



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Si bien lo que estas autoras parecían sugerir es que la aparición reiterada de estas formas vaginales respondía a una especie de expresión inconsciente de la sexualidad femenina, la proliferación de vulvas, círculos, flores, etc., en el arte de los setenta puede interpretarse también como un gesto político, es decir, como un intento de crear una nueva iconografía feminista. Incluso, para muchas artistas de ese entonces, representar el cuerpo de la mujer suponía no sólo la oportunidad de generar autorrepresentaciones alternativas a las definiciones normativas del cuerpo femenino, sino también de revalorizar ciertos aspectos de la expresión corporal de las mujeres - tales como la menstruación o la sexualidad - tradicionalmente desdeñados en el patriarcado.

Este énfasis en lo corporal propugnado por Chicago y Schapiro, será precisamente lo que algunas artistas y teóricas, entre ellas Parker y Pollock, comiencen a cuestionar: "Estas imágenes vaginales se prestan a peligrosos malentendidos. No alteran radicalmente la identificación secular de las mujeres con la biología, ni desafían la asociación de las mujeres con la naturaleza. En cierto sentido, se limitan a perpetuar la definición de la identidad femenina en términos exclusivamente sexuales. " O sea, lo que está en juego aquí es la consideración de las mujeres como cuerpo e incluso como órgano sexual.
Así, ensalzar el universo vivencial de las mujeres no contribuye a subvertir los términos en los que la categoría «mujer» ha sido definida a lo largo de la historia. El problema no consistiría en intentar desenterrar una supuesta esencia de lo «femenino», sino en desvelar cómo el propio concepto de «femineidad» se construye a través del lenguaje y, en general, de la cultura. De ahí que gran parte de la teoría feminista vuelva la mirada, a lo largo de los años setenta y ochenta, hacia la obra de los autores postestructuralistas franceses, y en particular hacia los textos de Jacques Lacan, Michel Foucault y Jacques Derrida.





domingo, junio 14, 2009

La antinomia visión-mirada en un cuadro de Magritte

artista, arte contemporaneo, expo


Para Jacques Lacan el campo visual deja de ser un espejo y se convierte en una pantalla. Con esto explica el desconocimiento como inseparable del proceso de constitución subjetiva, ya que el sujeto nunca puede localizarse en el punto de la mirada. De lo que se desprende entonces, que sea teóricamente incorrecto concentrarse en las identificaciones imaginarias del espectador cuando la emergencia de la alteridad perturba la distinción entre el objeto y el sujeto, «entre lo que veo» y lo que «soy».

La obra de Magritte «Relaciones Peligrosas» puede utilizarse como una metáfora en este sentido. En el cuadro, una mujer desnuda se esconde detrás de un espejo. Pero el espejo, utilizado así como una pantalla, delata su deseo de ser vista, puesto que en el espejo vemos la espalda de la mujer desnuda. Ella se esconde - a través de la mascarada - como femenina mientras desea ser vista como el falo. Solicita la mirada mediante una afectación de modestia, pero la pantalla-espejo no solo no oculta sino que revela lo que no debería: que en su mascarada femenina ella es fálica.
Una primera asociación que surge en este punto consiste en la relación antinómica de la mirada y la visión como la articula Lacan. La visión, es decir el ojo que ve el objeto, está del lado del sujeto, mientras que la mirada está del lado del objeto. Cuando miro un objeto, en realidad es el objeto el que está siempre mirándome de antemano, y desde un punto en el cual yo no puedo verlo.

Esta antinomia visión-mirada se pierde en la pornografía, precisamente porque la pornografía es intrínsecamente perversa; como señala Zizek, su carácter perverso no reside en que llega al final y nos muestra todos los detalles obscenos; sino que el espectador es forzado a priori a ocupar una posición perversa. "Contrariamente al lugar común de que en la pornografía el otro (la persona mostrada en la pantalla) es degradado a la condición de un objeto de nuestro placer voyeurista, debemos subrayar que es en si el espectador el que ocupa la posición del objeto: los sujetos reales son los actores de la pantalla que tratan de excitarnos sexualmente, mientras que nosotros, los espectadores, somos reducidos a la condición de mirada-objeto paralizada."*






viernes, mayo 22, 2009

El abate de Choisy

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François Timoléon de Choisy - sacerdote y abate durante el reinado de Luis XIV - nace en el castillo de Luxemburgo, un 16 de agosto de 1644. Hijo de un consejero de Estado, intendente del Languedoc y canciller de Gaston de Orleans; y de un íntima amiga de Anna de Austria, quien lo viste hasta su adolescencia con ropa femenina para satisfacer los caprichos del hermano del Rey.
A los dieciocho años, apenas tonsurado, Timoleón consiguió la Abadía de Saint-Seine. Dos años después se fugó, y vestido como mujer, acompañó durante seis meses a un grupo de comediantes.

Casi dos siglos antes que Freud publicara sus Tres Ensayos sobre una teoría sexual, François Timoléon manifestaba en sus memorias : “Es tan extraño que de una práctica de la infancia, sea imposible deshacerse. Mi madre casi al nacer me acostumbró a las confecciones de las mujeres; seguí sirviéndome de ellas en mi juventud... “
El autor de una Interpretación de los Salmos con la vida de David, de una Vida de Salomón, del Diario de viaje de Siam, recibido en la Academia Francesa en 1686 por, como destaca su elogio, “haber mamado la elocuencia con la leche”, criado por su madre como una señorita, no fue por ello menos un gran hombre.

Historiador de las vidas de San Luis, Carlos V, Carlos VI; François Timoléon habría compuesto entre los sesenta y los ochenta, los once volúmenes de la Historia de la Iglesia en ropas más elegantes que las de un abate.

Jean le Rond d'Alembert, uno de los máximos exponentes del movimiento ilustrado, pudo notar mordaz: “Quizas bastaría para apreciar el valor de sus anales eclesiásticos representarnos por un momento a este cura septuagenario bajo un vestido tan poco hecho para su edad y su estado, trabajando en la historia de los mártires y los anacoretas y poniéndose adornos con la misma mano con qu escribía las decisiones de los concilios.”

Con la aprobación y el estímulo de su obispo, y tras un corto período de vestir como varón, Choisy reaparece en una residencia del barrio Saint-Médard, bajo el nombre de Madame de Sancy, y luego en la provincia en Bourges donde se hace pasar para una rica viuda bajo el nombre de "condesa de les Barres", seduciendo bajo este traje a muchachas de familias acomodadas y a comediantes - incluidas las actrices Montfleury y Mondory.

Otros personajes de la Francia absolutista de esos tiempos como fue el caso de Mme. Maupin, celebre cantante de la Ópera de París, o la marquesa de Morny ya rechazaron el conformismo de su clase y tenían por práctica vestirse con los trajes del otro sexo; sin embargo, sólo Choisy se atrevió a rasgar el velo secreto y escribir sobre sus asombrosas transformaciones.
Es en esta época, además, cuando Havelock Ellis inspirándose en las historias del Chevalier d’Eon de Beaumont, un conocido travesti en la corte de de Louis XV, propone el término “eonismo”, entendiendo por tal a un síndrome psicopatológico consistente en un travestismo acompañado de insuficiencia sexual. (V. Havelock Ellis (s.d.) Eonism and Other Sexual Studies, Vol. II de Studies in the Psychology of Sex, Collectors Publications, Covina, Ca).

Hasta los cuarentena años, la vida del Abate osciló entre sus espinosas aventuras en los suburbios de Saint-Marceau; sus viajes a Italia, besando los pies del papa Inocente XI, y los círculos de juego en Venecia donde siguió obsesionándose por el lansquenet y el basset. El juego, que siempre lo ha perseguido, logró curarlo de estas bagatelas durante algunos años, sin embargo, declara en sus Memorias: “siempre que me arruiné y que quise dejar el juego, volví a caer en mis antiguas debilidades y volví a ser mujer.”


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“La historia de la condesa des Barres”, “La historia de Madame de Sancy”, reunidas bajo el título de Memorias del abate de Choisy vestido de mujer, La historia de la Marquesa-Marqués de Banneville publicadas en 1695 en forma anónima y en colaboración con Charles Perrault , tienen el encanto de los cuentos donde el placer puede ser compartido sin tonalidad contraria, en el júbilo de un acorde musical posible entre los partenaires, dobles que gozan juntos de un órgano curiosamente ausente. Amalgama de géneros y de roles que nos remite a la fragilidad de nuestras identificaciones como a nuestra propensión a querer resuelta la contradicción de los sexos, nuestro placer de ver escenificada su confusión en el juego de un estilo.

Su escritura tiene la elegancia de los terciopelos con los que el autor supo adornarse. Su universo erótico es el de un cuento, donde la inversión de sexos se haría en una total libertad. Cuento en que se mezclan los juegos de lujo y las mascaradas en un arrebato de cintas, lunares, de “vestidos despojados”, de telas de oro y brocato, de superposiciones de faldas y sedas. Decididamente el transexualismo del Gran Siglo podía sostenerse en una moda más compleja que la nuestra, podía multiplicar a gusto los oropeles que pueden hacer del cuerpo un todo impuesto por su brillo.

François Timoléon no hace sino anunciar un siglo que hará el liberalismo una práctica y una filosofía. El Abate, consagrado por la Academia Francesa, roza sin embargo lo suficiente las costumbres de su tiempo como para dar qué leer, con la más impúdica de las ligerezas, la escritura pone en escena las ambigüedades del sexo, traviste como juegos de estilo las transgresiones en las que se sostienen. Pero el Abate de Choisy no es el marqués de Sade. Él, que pudo vanagloriarse de haber tenido “tres o cuatro vías” , sólo se complace en relatar la cuarta, la que fue gozosa.

La pornografía de Sade es más subversiva en lo que explora los posibles de la perversión pero también las consecuencias del discurso del derecho al goce en lo que supone de libertad al otro. Dirá Sade : “Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme cualquiera, y este derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar”.

El deseo transexual de la belleza va mejor, parece, con el poder. Sus juegos de máscaras y sus licencias no se basan en ninguna aproximación a la infamia y omiten referir la belleza al horror que sostiene el abordaje de su absoluto.

Es pues al final de su vida que el Abate escribe sus Memorias. Vuelve allí con la misma ligereza de pluma que pone en las Memorias para servir a Luis XIV, ese encanto que la posteridad le reconoce para la “pequeña historia”, el arte del retrato. Aparecidas en forma anónima, no dejaron de ser reconocida como las confidencias de François Timoléon, su preocupación por adornarse de pedrerías, aros, cruces de diamante, por “dársela de bella” y continuar – avanzada su edad - con su gusto de la infancia de vestirse como niño. Pues, en efecto, se dice que no abandonó sus viejas prácticas totalmente, y que, con el cabello blanqueando, en el secreto de su despacho, se disfrazaba a veces aún de mujer para redactar algunas páginas.

Tal fue el Abate de Choisy, “a quien habían puesto en la infancia corsets que apretaban extremadamente y hacían elevar la carne gruesa y plena”; y quien más tarde fuera académico, misionero, historiador de vidas edificantes, autor de los once tomos de una Historia de la Iglesia, jugador. Mujer bajo la mirada de Dios y del mundo, habiendo dado razón a su sinrazón mediante la escritura.